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Fecha: 07/02/2013 | Autor: fcye

Las escalas de la crisis. Ciudades y desempleo en España, de Ricardo Méndez Gutiérrez.

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Desde hace algunos años la sociedad española transita un difícil camino que ha convertido la crisis económica en centro de sus preocupaciones. Ese proceso afecta tanto la vida individual de numerosos ciudadanos como una vida colectiva amenazada por el ataque al Estado de Bienestar y el reto que para la democracia representativa supone la hegemonía de una lógica y unos poderes económicos que se imponen sobre cualquier otra consideración.
La inmediatez de los acontecimientos y la multiplicación de desastres nada naturales que se acumulan a lo largo del tiempo, junto a los repetidos vaticinios incumplidos sobre el final de esta situación, aumentan las incertidumbres y cierta sensación de perplejidad general ante las dificultades para recuperar la senda del crecimiento y de la creación de empleo. No obstante, si se amplía la perspectiva temporal y espacial para observar la actual crisis, se constata que este tipo de situaciones poco tienen de nuevas, sino que tienden a repetirse de forma periódica, siempre con rasgos específicos en cuanto a las circunstancias desencadenantes, su intensidad, así como los países y regiones más afectados, pero con una lógica, unas causas estructurales y unos efectos bastante similares en todos los casos.
Tal como recordaba el historiador británico Tony Judt, “el capitalismo no regulado es el peor enemigo de sí mismo: más pronto o más tarde está abocado a ser presa de sus propios excesos” (Judt, 2010: 18). Tanto el sistema mundial en su conjunto, como los países del sur de Europa y España en particular, viven ahora inmersos en una de esas crisis periódicas inherentes al proceso de acumulación capitalista que, iniciada en los ámbitos financiero e inmobiliario, se difundió con rapidez al conjunto de la actividad económica. La reducción del crecimiento hasta alcanzar valores interanuales negativos o prácticamente iguales a cero, el fuerte aumento del desempleo o el hundimiento del mercado inmobiliario resultan algunos de sus efectos más visibles y conocidos. Pero, tal como han señalado algunos autores, “la actual crisis es mucho más que una crisis económica. Es también una crisis social, que se destaca sobre el fondo de una crisis ecológica y geopolítica que, sin duda, viene a confirmar una ruptura histórica” (Askenazy et al., 2011: 10). Más allá, por tanto, de un simple episodio coyuntural, resulta ya evidente que nos enfrentamos a una crisis sistémica que inaugura una nueva normalidad, con cambios profundos que han comenzado ya a perfilarse.
Los estudios sobre la crisis económica han proliferado con rapidez en los últimos años, ya se trate de trabajos esencialmente interpretativos sobre las estrategias financieras e inmobiliarias que la desencadenaron, o descriptivos sobre sus principales efectos económicos, sociales y políticos y las estrategias aplicadas por instituciones internacionales y gobiernos para enfrentarla, con escaso éxito en la mayoría de ocasiones. Resultan, en cambio, bastante más escasos aquellos que proponen una perspectiva geográfica de la crisis económica, considerando las múltiples dimensiones territoriales de un proceso como este, que pueden sintetizarse en cuatro principales.
Aunque se trata de un fenómeno de dimensión global, la crisis se gestó en determinados territorios, como los centros financieros internacionales y las áreas de urbanización masiva, inmersas en una burbuja inmobiliaria de grandes dimensiones. Al mismo tiempo, tal como ocurrió en anteriores crisis y es inherente a la propia lógica del sistema capitalista, golpea hoy con muy diferente intensidad a actividades, empresas, grupos sociales, sectores profesionales, pero también a los territorios, siendo el origen de nuevas desigualdades que se hacen visibles en múltiples escalas. Si en una perspectiva global su epicentro se originó en Estados Unidos y en la Unión Europea, dentro de esta última su impacto fue mucho mayor en países periféricos (Grecia, Portugal, España, Italia, Irlanda, países bálticos…) y el Reino Unido que en el resto. Pero esos contrastes vuelven a reproducirse cuando se considera el comportamiento registrado por sus diferentes regiones e, incluso, se intensifican si se desciende a escalas apenas analizadas hasta el momento como pueden ser sus ciudades o los diferentes barrios que constituyen cada una de ellas, en función de características que son el resultado de trayectorias específicas, lo que provoca una importante diversificación de los efectos provocados y está en el origen de nuevas asimetrías. La crisis es, por tanto, un proceso con implicaciones geográficas significativas que van más allá de la simple localización de sus impactos en un mapa y cuestionan frontalmente la equívoca suposición de que, en un supuesto mundo plano (Friedman, 2006), sin barreras ni distancias, sus efectos no se verán influidos por factores territoriales específicos.
En ámbitos como el europeo, las ciudades son espacios estratégicos para la evolución de unas sociedades altamente urbanizadas desde hace décadas. En ellas –particularmente en las principales metrópolis- se concentran las empresas, el conocimiento y el capital humano, surgen y se desarrollan buena parte de las innovaciones tecnológicas organizativas y sociales, se localizan los principales centros de poder político, económico o mediático, así como las élites que lo detentan, principales protagonistas del proceso de globalización. Lo que el economista Edward Glaeser identifica como el triunfo de las ciudades encuentra en todo ello sus raíces más profundas y sólidas.
Pero, del mismo modo, tal como afirma el propio Glaeser (2011: 109), “las ciudades son torbellinos dinámicos que cambian sin cesar, que suponen la fortuna para unos y el sufrimiento para otros”. Resultan por ello –en especial también las grandes urbes- espacios paradójicos y llenos de contradicciones. Lugares donde se confrontan de forma intensa los objetivos e intereses de múltiples actores públicos y privados, donde los usos del suelo compiten entre sí, donde la lógica de la producción y del consumo orientan el crecimiento en direcciones a menudo no coincidentes. Espacios, en suma, donde se concentra lo mejor y lo peor de nuestras sociedades, que a menudo han servido como laboratorios privilegiados para aplicar una agenda neoliberal que favorece su creciente fragmentación interna mediante barreras tangibles e intangibles, pero en otros casos también han permitido poner en práctica experimentos de gobernanza más participativa, con implicación de diferentes actores sociales. Finalmente, tal como afirma Mireia Belil (2012: 12), “es en las ciudades donde las resistencias locales toman forma, siempre contra un sistema y unas instituciones que no responden a las necesidades y deseos de sus ciudadanos”, por lo que tanto los movimientos de contestación a la globalización neoliberal como a los negativos efectos de la actual crisis tienen en ellas su sede.
En definitiva, puede afirmarse que las ciudades son protagonistas destacadas de la actual crisis, que localiza en ellas muchas de sus principales manifestaciones, aunque el conocimiento que se tiene hasta el momento sea bastante limitado y fragmentario. Esta aparente paradoja plantea el reto de abordar un programa de investigación transdisciplinar que sitúe en el centro de su diana el análisis de los impactos locales de una crisis de dimensión global, así como de las diferentes respuestas que tanto ahora como en el futuro inmediato puedan darse para su superación, sin olvidarse de proponer estrategias que puedan ofrecer salidas más justas y equilibradas a la crisis que las producidas hasta el momento.
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